DISTRITO NACIONAL (República Dominicana).-. Ahora que todo ha cambiado con la revolución de las redes sociales, y que el periodismo tradicional ya no es el mismo, hay que hablar de los buenos reporteros. ¡Sí, de aquellos! De los que, en las décadas de los 80 y 90, y hasta bien entrados los 2000, llevaron sobre sus hombros este difícil oficio.
Son muchos buenos o buenísimos —es imposible mencionarlos a todos—, pero siempre he mostrado una especial simpatía hacia dos reporteros que, a mi juicio, el Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) debería reconocer. ¡Y ahora que están en vida y con salud! No debemos esperar a que enfermen o mueran para lamentarnos luego en un cementerio o al enterarnos de su fallecimiento. ¡No! Tampoco cuando, al preguntar por ellos, descubramos que ya no están en el mundo de los vivos.
Estos compañeros no solo se destacaron por su profesionalidad, sino también por el cariño y la simpatía que siempre generaron entre colegas. Eran —y siguen siendo— buena gente. ¡Gente de verdad! Siempre de buen humor, incluso en los momentos más difíciles y de mayor presión.
Porque el día a día de un reportero no es fácil. ¡Para nada! En medio de ruedas de prensa, reuniones interminables y crisis políticas que sacudían nuestra amada nación, ellos estaban ahí: haciendo cuentos, soltando chistes, aligerando la carga. Y nosotros, inevitablemente, terminábamos a su alrededor.
Me refiero a Wellington Carpio y Víctor Mañaná.
Ambos conservan —todavía hoy— un muchacho por dentro. Aunque adultos responsables, tienen el alma noble de niños juguetones. Siempre “salen con una muchachá”, como diríamos en los barrios.
La frase “lapidaria” de Víctor Mañaná era inconfundible:
“¡Ayúdenme, que esto da vuelta!”
Y eso, claro, cuando trabajando en medios como El Caribe, El Siglo o Listín Diario, se daba una escapadita… ¡y llegaba tarde a la fuente!
A propósito, hace unos días conversaba con el buen amigo y buen periodista Camilo Javier sobre la influencia de Víctor y sus sólidas relaciones en fuentes clave: Fuerzas Armadas, Policía Nacional y el Palacio de la Presidencia. Coincidimos en algo: Mañaná no solo informaba, ¡formaba! Se convertía en tutor y protector de los reporteros novatos.
Pero hay más. Tiene un “récord” no escrito: cuando un periodista —novato o veterano— enfrentaba un problema, ya fuera policial o de cualquier índole, incluso en la madrugada… ¡ahí estaba Víctor! Defendiendo a gente que apenas conocía o ayudando a familiares de colegas. ¡Así, sin preguntar mucho!
Sobre Wellington Carpio, lo vi recientemente y le hice un pedido directo:
“¡Tienes que escribir un libro!”
Porque Wellington no solo es un gran periodista; es, probablemente, uno de los reporteros mejor informados del país. Maneja tanto lo que se puede saber… como lo que no se puede contar.
Ha sido testigo de soluciones a grandes crisis políticas, de momentos decisivos en la historia reciente de nuestro país. ¡De esos que no salen en los libros! Ha estado cerca de negociaciones delicadas, amarres políticos, acuerdos tras bastidores entre presidentes, empresarios, sindicalistas y miembros de la jerarquía católica.
Y, además, posee una memoria fotográfica envidiable. Es detallista, agudo y, sobre todo, un cronista excepcional.
¡Un libro suyo sería un legado invaluable! Aportaría enormemente a las nuevas generaciones de reporteros y a todos aquellos que sueñan con entrar en este oficio.
Porque historias como estas… ¡no se pueden perder!

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